Ya sabía que las malas expectativas te dan un golpe en la cara, se ríen y se van.
Te dejan tirado en el suelo, respirando de a poco, con un poco de sangre en la nariz y la cabeza dando muchas vueltas…
(imagine la escena)
Estando uno ahí, un poco muerto, un poco queriendo estarlo por completo, las imágenes de lo que no fue, pasan aleatorias con una canción de Billie Holiday de fondo (mi favorita aquí), la boca sabe a sangre, el techo nunca ha estado tan oscuro y en ocasiones, una lágrima resbala por la sien vertiginosamente, cae… y muerta, deja la sensación de picazón (la detesto).
Pasa el tiempo: los minutos, horas, segundos, todos se mezclan y desaparecen en el instante, y la sensación de eternidad se queda.
El impulso para incorporarse -me gusta esa palabra- es el más duro. Justo en ese instante (estese bien atento del movimiento), es cuando uno se siente más solo, como vacío y hasta un poco mas liviano -¿será que el alma nos ha abandonado y al pararnos regresa?-; muchas veces toca apoyarse en la silla, en la cama o en cualquier elemento que este cerca (procure que sea sólido, si se cae tocará intentarlo de nuevo y a veces no hay cuerpo que resista tanto).
Una vez arriba uno se siente como recompuesto, algo vigoroso incluso ¡que ingenuo!, la historia vuelve a repetirse siempre. Aunque no todo es malo, uno se vuelve mas hábil, más perspicaz. Pero tranquilo… las malas expectativas también, llegan con mas fuerza en el regreso, golpean mas duro, han tomado cualquier cantidad de clases para pegar mas fuerte, para dejarte mas herido, por mas tiempo en el suelo, lo disfrutan.
(espere)
No todo está perdido, he hablado siempre de «malas expectativas«, también existen las buenas. Aunque yo a las malas las disfruto más, ¿De qué otra forma podría escuchar a Billie como la escucho, si no es pasándola realmente mal, tirada en el piso, con sangre en la nariz y con la incomoda lagrima de la sien?
*Extraído de la carpeta de borradores*
(Ilustración: Niko Edwards)

