
«Es muy aventurado ser uno mismo.
Es más fácil y seguro ser como los otros,
convertirse en una imitación, en un número, en una cifra de la multitud.«
Soren Kierkegaard.
He pasado días (en realidad meses, que se han acumulado en años), tratando de encontrar excusas para no escribir, para no decir lo que llevo dentro, para continuar asintiendo y pasando desapercibida, para no expresar con franqueza mis posturas frente al mundo. No por irreverentes, en suma, son opiniones más entre un mar de posibles subjetividades, sino porque comunicar te hace visible y eso, es algo que asusta: la vulnerabilidad de la exposición.
Ese miedo a expresarme y a declarar mi persona, me ha valido en múltiples ocasiones no ser ni hacer lo que quiero, ir de la mano de los otros exhibiendo lo que considero está bien visto y es permitido ser y por eso, como velero en tormenta la vida me ha llevado hasta donde se lo he permitido, pero no a donde he querido. No me arrepiento, algunos lugares los he disfrutado, otros no tanto, pero eso sí, de todos he aprendido y me he formado. Al final somos eso, ¿no? una gran colcha de retazos tejida de todo lo vivido: personas, lugares, experiencias, música y letras.
‘Soltar el miedo al rechazo’ no es un tema del que comúnmente se hable. Claro, sé que vivimos un momento en el que se está valorando la diferencia, la pluralidad, la diversidad… pero nos falta más, créanme. Aceptar que se tiene miedo al rechazo, incluso por aquellos que se legitiman a sí mismos constantemente, implica ir bien al fondo y preguntarse si lo que se afirma es la verdadera voz o sigue incurriéndose en fluir con lo que más suena, con lo que para la mayoría o el círculo con el que se comparte está bien.
Pero, ¿qué es el rechazo?.. Busqué como bien lo hacia en la universidad, para llenar espacio de los trabajos -no me enorgullezco-, la palabra rechazo en la RAE y encontré una definición que me hizo reflexionar bastante: «Vuelta o retroceso que hace un cuerpo por encontrarse con alguna resistencia«, claramente hace alusión a la física, pero así mismo es aplicable a la relación del hombre con el mundo. Es decir, que cada vez que nos sentimos rechazados, creemos que se genera una distancia/ruptura entre quién o quienes nos escuchan y nosotros, y en ese sentido, ¿vale la pena enfrentar ese momento de incomodidad?
La respuesta: Sí.
De lo contrario, nos estamos ganando un nudo más en la garganta y restando un centímetro de tamaño, porque todos sabemos como nos minimizamos cuando no somos nosotros mismos. ¿Qué mayor recompensa que la sensación de ser libres? ¿De movernos por el mundo sin mascaras o lastres de mentiras? Nos sorprenderá saber, que eso que tememos decir, ser o hacer, es aquello que hace falta o una postura que enriquece el debate y del mismo modo, la sociedad.
El ser humano se ha desarrollado hasta este punto (y lo que nos falta), en razón de encuentros y desencuentros, de divergencias que han puesto sobre la mesa otros puntos de vista o formas de hacer las cosas y que al contraponerse, pueden resultar en nuevas ideas que generan evolución. Lo único importante en todo esto es que tengan y tengamos empatía, tolerancia y respeto. Porque ¡hey! así como nosotros otros tienen derecho a ser, si respetan claro está, esos mismos pilares.
La invitación entonces es que no le temamos a la diferencia, a no agradar o a no gustarle a alguien, es seguro que eso va a pasar, siendo nosotros mismos o no. Mejor es dejar de vivir en la dualidad y dedicarnos a ser honestos en todas las áreas de nuestra vida: trabajo, familia, amigos, pareja; sino, cuando pase el tren del tiempo, ese que no espera, ese que no para y nos demos cuenta de esto, veremos lo temido: vivimos la vida de otros, nunca la nuestra.
¿Es eso lo que vinimos a hacer?
