
Extraño los días lluviosos en Palmira, tienen un olor y una soledad especial.
La humedad y el gris en ella, habitan en un aire que no existe en otro lado.
En Palmira parece que todo y nada pudiera pasar, caminarla es
encontrar un color, una construcción o un perro distinto en cada calle
-así la haya uno caminado toda la vida-.
Está la 28, mi número de la suerte y la carrera que más he transitado también,
puedo cerrar los ojos y encontrármela, mojada y familiar,
mojada y vacía
mojada y tan mía.
El centro de la ciudad es mi lugar favorito en el mundo,
porque cuando llegan las 5 de la tarde,
la luz que toca todo ahí, no es tan linda ni tan eterna,
como en otro lugar.
A Palmira le he intentando escribir ya muchas veces
y cada hoja que escribo queda inconclusa, porque Palmira en mí no acaba nunca.
Nos hemos odiado-amado-dejado-encontrado y hemos vuelto a girar,
ella y yo no existimos lejos, nos pertenecemos.
Nos parecemos. Somos una larga prolongación de la otra.
En Palmira, cada calle carga consigo una reflexión constante,
que te abraza y te golpea de frente,
sin pedir permiso pero con una dulzura especial.
Allá las calles se comen: con dos pedales y las manos como danzando,
con el viento dando en la cara, con los días suspendidos en letargo.
A Palmira: No me amarres a una vida que no es mía, pero jamás me sueltes.

