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Re-escribirse para sanar

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Durante mucho tiempo estuve casada con la escritura y nuestra relación, tenía un compromiso tácito y a muerte: yo vivía y ella lo transformaba en oscuridad. Era muy exigente, requería de una entrega total. Cuando algo no le servía, lo transformaba en ángel y lo mandaba lejos. Se edificaba sobre montañas de nubes tan altas, que intentar alcanzarla parecía siempre un salto al vacío. Nos acostumbramos. Ella se convirtió en un lugar (in)seguro (in)cómodo. Yo, en un mar inmenso para ella que navegaba a su antojo.

Sin embargo, el ángel bajaba. Hacia piruetas en el cielo, me llamaba y yo lo miraba de reojo, pero no podía tocarlo (ella me hacia pensarlo). Así que, en la comodidad que representa lo conocido me quedé por años. Ignorando que el ángel que me navegaba también, miraba con mis ojos, tocaba con mis manos, me caminaba los pasos y vivía entre las ramas.

Nuestra relación parecía in(mar)cesible. Empero un día cerré los ojos. Dejé de apuntarme con el lapicero y de ahogarme en la hoja blanca, escuché solo al ángel. Entonces: luz, verde, mar, amarillo quemado, viento en la cara, sol radiante sobre asfalto seco, olor a madera, verduras frescas, gaviotas blancas y garzas morenas danzantes en el cielo, días lluviosos y todo lo demás, dentro muy dentro.

En esa danza, sentía una fragmentación de mi existencia: antes y después de la luz. Sin darme cuenta que, había condenado la escritura a un período cavernoso que nunca existió y parecía más, un correr con gríngolas en los ojos. Resulta que no hay oscuridad sin luz, no hay ángel sin demonio, no hay Daniela sin Daniela. Descubrí que la comodidad es traicionera y aunque cumple lo que promete, en ella lo panorámico no crece (no se evidencia). Por esto, decidí emprender este viaje y hacer las pases con la escritura, desvestirla, desdibujarla y pintarla como se lo merece: con todas sus aristas, en toda su existencia. Re-escribir cada palabra vivida, desde el ángel que también la vivió conmigo y abrazarnos todos y dejarnos ser lo que fuimos: dos caras y una sola vida.

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